Habitando atmósferas: tomando forma en el espacio de las ecologías

Simona Pecoraio

Simona Pecoraio é Arquiteta e Mestre em Arquitetura, pesquisadora do grupo de pesquisa OUT_Arquías, do Departamento de História, Teoria e Composição Arquitetônica da Universidade de Sevilha, Espanha, estuda a repercussão das mudanças sociais nos espaços urbanos e a cidade como formação imaginária popular.

Como citar esse texto: Pecoraio, S., 2011. Habitando Atmósferas: tomando forma en el espacio de las ecologías, V!RUS, São Carlos, n.5, jun. 2011. Disponível em: <http://www.nomads.usp.br/virus/virus05/?sec=4&item=6&lang=pt>. Acesso em: 22 Nov. 2019.

Resumen

Con este ensayo se quiere realizar una captura del habitar, estableciendo la necesidad de situarnos en territorios intermedios, que desbordan las dicotomías inmunidad/comunidad, interior/exterior, público/privado, para reorientar las cuestiones espaciales hacia la relación que tienen con la capacidad de generar lugares y vivencias, recuperando una visión compleja del habitar que favorezca las interacciones sociales y la puesta en común de sus dispositivos de significación, en el espacio de las ecologías.

Habitares, cohabitares y deshabitares, definirían las distintas aproximaciones al estar-en-el-mundo, y se usarán en plural en aras de abrir unas perspectivas que intenten posibilitar el reconocimiento de lo que no se puede percibir sin esta pluralidad, apostando por formulaciones que atiendan a las referencias del espacio de las ecologías, tratando de (poder) aprenderlo, no en su configuración física, ni en su condición ambiental, sino como modo de relacionarse, como posibilidad de interacción entre realidades, desbordando sus connotaciones físicas y atravesando sus connotaciones políticas, sociales y culturales.

Todo ello, podría contribuir a un tratamiento crítico de lo disciplinar desde claves de despliegue e interpretación, en un entendimiento de la arquitectura, que trascienda sus sentidos más próximos (sus productos), y buscándolo en otros más extensos (sus generatividades).

Palabras claves: habitar, forma, espacio, ecología(s).

1. Transiciones

Dice Michel Serres que:

Ahora todo cambia: las ciencias, sus métodos y sus inventos, la forma de transformar las cosas; las técnicas, es decir, el trabajo, su organización y el vínculo social que presupone o destruye; la familia y las escuelas, las oficinas y las fábricas; el cuerpo y la ciudad, las naciones y la política, el hábitat y los viajes, las fronteras, la riqueza y la miseria, la forma de hacer niños y de educarlos, la de hacer la guerra y de exterminarse, la violencia, el derecho, la muerte, los espectáculos. (Serres, 1995, p.11).

Y añade que “entre estas transformaciones, hay otra [...] relativa al saber y a la forma de adquirirlo” (Serres, 1995, p.13).

Las transformaciones actuales (no tanto en términos estructurales y productivos, sino de distintas espacialidades y temporalidades) de los modos de vida, necesitan atender a las referencias del espacio de las ecologías, tratando de (poder) aprenderlo, no en su configuración física, ni en su condición ambiental, sino como modo de relacionarse, como posibilidad de interacción entre realidades, cuyo centro es el hombre –“individuo, especie y sociedad” (Morin, 1999 [1977], p.22), es decir en su humanidad- en un espacio capaz de acompañarlo en todos los ámbitos de su estar-en-el-mundo.

En la sucesión de los cambios que se verifican, los elementos se funden y los términos individual, social, técnico, ambiental se compenetran en una visión integradora del habitar, resaltando sus interacciones y sus interdependencias, en el espacio de las ecologías, donde todos los eventos se relacionan, reconociendo la contemporánea condición existencial del hombre, que como dice Henry Focillon (1983 [1943], p.60): “no está encerrado en una definición eterna, sino que está abierto a los intercambios y a las influencias. Los grupos que va construyendo, deben menos a la fatalidad biológica que a la libertad de adaptación madurada […] al trabajo constante de la cultura […]”. Una cultura que, como añade más adelante, “no para de pensarse a sí misma y de construirse” (Focillon, 1983 [1943], p.60).

“La contemporaneidad” según la define Giorgio Agamben (2006-2007) “es, pues, una relación singular con el propio tiempo, que adhiere a éste y, a la vez, toma su distancia”, y contemporáneo, es “aquel que no coincide perfectamente con éste ni se adecua a sus pretensiones y es por ende, en ese sentido, inactual; pero, justamente por eso, a partir de ese alejamiento y ese anacronismo, es más capaz que los otros de percibir y aprehender su tiempo”, para citar sólo una de las definiciones que el autor da del ser contemporáneo.

Pensarse en la contemporaneidad, significa, entonces, asumir el riesgo de su impredecibilidad, siendo posible sólo aproximar una definición del habitar, y no determinar su predefinición: la propuesta es considerar las variaciones en vez de los modelos únicos y los enfoques múltiples en vez que unidireccionales, considerando que el habitar necesita una actualización continua, con la cual la arquitectura activa transformaciones, proporcionando respuestas a cambios imprevisibles y a su(s) posible(s) desarrollo(s).

2. Aproximaciones

Una definición de la naturaleza es aquella que la considera como conjunto de todo lo que no ha sido alterado por el ser humano o que persiste a pesar de su intervención, y en principio implicaría una distinción entre lo natural y lo artificial, donde lo artificial se entendería como una modificación aportada por la intervención humana.

Pero en esta distinción no se tienen en cuenta dos factores: el primero consiste en no considerar que el hombre es parte del mismo conjunto natural -lo real- y en la interacción con ello se producirán cambios que se reflejarán no solo en su misma estructura y morfología sino también en sus interrelaciones; el segundo consiste en no considerar el conocimiento como acto con el que construimos el mundo en el que vivimos –la realidad- es decir no considerarlo como proceso en el que coinciden observador y objeto observado, donde cualquier modificación en esta relación tendrá repercusiones en sus componentes y, por consecuente, modificará todo el sistema. “Nuestra realidad no es otra que nuestra idea de la realidad”, dice Morin (2001, p.83).

Sin embargo, es cierto que el ser humano se desarrolla en un entorno que podríamos llamar natural, y que en principio podríamos considerar que el medio físico proporciona los estímulos a los cuales cada organismo reacciona según sus características genéticas, y que a su vez la estructura física de los organismos se adapta al entorno, en un complejo sistema de retroalimentación entre el desarrollo biológico y los cambios ambientales.

Y es que lo biológico no se puede reducir a lo genético, ni lo cultural al contexto ambiental: la concepción de la interacción organismo-ambiente en el proceso de adaptación, se refiere también a la interacción pensamiento-cultura.

“Sería ridículo”, según matizaría Bruno Latour (2003, p.33) “intentar mantener una interpretación genética del comportamiento humano lo más alejada posible de una moral, simbólica o fenomenológica”.

Así es como lo explican Maturana y Pörksen:

La noción de la matriz biológica de la existencia humana, por lo tanto, no se refiere a algo supuestamente real trascendente, sino que al entendimiento de la trama operacional en que se da el existir humano como un vivir y convivir que lleva a la comprensión del vivir y del surgimiento de la comprensión de las coherencias operacionales del vivir humano que generan el cosmos como el ámbito operacional explicativo del vivir humano (Maturana y Pörksen, 2004, p.14).

Estar-en-el-mundo como búsqueda de las definiciones que nos permitan entender las variaciones de la realidad -caracterizada por cambios repentinos e imprevisibles-, donde el espacio no es delimitación, sino relación, donde el ser humano tiene la posibilidad de transformarse a sí mismo, estableciendo además nuevas formas de interacción con los otros individuos y con el espacio de las ecologías, porque “hacer nuestro ambiente y hacernos a nosotros mismos, constituye […] un proceso único”, según indica Tomás Maldonado (1972, p.14).

Cuando el ser humano se reconoce como sujeto del saber, que “surge en y por el movimiento reflexivo del pensamiento sobre el pensamiento”, como dice Edgar Morin (1999 [1977], p. 32), no representa la realidad que percibe, sino forma parte de un proceso de construcción de subjetividades -proceso abierto y en continua modificación-, que se funda en la interacción con el entorno y se articula al reconocimiento del “otro”, como sujeto que permite el reconocimiento del “yo”.

A la vez que la mente se adapta al entorno, generando pensamientos que existen en el espacio y en el tiempo, constituyéndose en redes que mantienen el equilibrio entre lo aprendido -desde el exterior- y lo entendido -en el interior-, el entorno a su vez aprende y se adapta proporcionando las variaciones a las que el pensamiento necesita reajustarse (la crisis ecológica es, en última análisis, una respuesta del medio ambiente a la acción humana).

Es decir, que el entorno tampoco se mantiene constante, ya que tiene la capacidad de asumir cambios, donde una misma interacción entre objeto y contexto, determina y modifica ambas formas, ya que no sólo el entorno afecta a los organismos, sino recibe influjos por parte de ellos, en un proceso que posibilita la recontextualización del objeto al cambiar las acciones de las fuerzas externas, y del entorno una vez que los organismos hayan reaccionado a dicho cambio, modificándolo a su vez.

Su significado puede estar delimitado por el entorno en el que se genera, pero el entorno en sí mismo es ilimitado, “en un universo físico, que conocemos a partir de nuestras percepciones y de nuestra representaciones”, para decirlo con Morin (1999 [1977], p.117).

3. Incorporaciones

Dice Peter Sloterdijk que:

Si hubiera que explicar de forma brevísima qué modificaciones ha producido el siglo XX en el ser-en-el-mundo humano, la información rezaría: ha desplegado, arquitectónica, estética, jurídicamente la existencia como estancia; o más simple: ha hecho explícito el habitar (Sloterdijk, 2006, p.383).

Realizada esta captura del habitar, reconocido como forma de estar-en-el-mundo, se establece la necesidad situarnos en los territorios intermedios, que desbordan de las dicotomías inmunidad/comunidad, interior/exterior, para reorientar las cuestiones espaciales hacia la relación que tienen con la capacidad de generar lugares y vivencias, recuperando una visión compleja del habitar que favorezca las interacciones sociales y la puesta en común de sus dispositivos de significación, en el espacio de las ecologías.

Este es un tema que necesita no solo una formulación desde un punto de vista y con fines teóricos, sino permite alcanzar las condiciones necesarias para llegar a la definición del espacio de las ecologías, y finalmente tener los medios y las herramientas adecuadas para ser parte de ello y habitarlo.

A partir de estas consideraciones y desde la perspectiva que aporta el estudio del habitar a las (re)definiciones de la arquitectura hoy, se hace necesaria su comprensión dentro del espacio de las ecologías, entendido como una red de relaciones, como un despliegue de una serie de sistemas distintos que se conectan a través de los diversos factores que lo componen, donde la realidad se genera a partir de las múltiples y diversas interacciones entre fenómenos integrados en una dimensión espacial, y suponiendo, además, una dimensión temporal, como representación de un proceso de transformación, es decir de su composición y organización en el tiempo.

Por ello, ha de ser concretado el conjunto de sistemas que la componen, considerando que el espacio de las ecologías no puede ser adecuadamente estudiado si aislado del medio “físico” y del tiempo “histórico” en los que se genera y a los que se refieren nuestras consideraciones. Este criterio se basa en un enfoque ecológico del habitar, estableciendo una relación dinámica entre hombre y entorno, en la cual por un lado, el hombre se adapta constantemente y de forma activa, evolucionando el mismo y modificando su entorno; y por otro, el entorno determina variables que no solo producen cambios en el ambiente, sino que a través de la adaptación del hombre a tal indefinido número de situaciones, permite descripción y su reordenación.

Habitares. Primeridad, inmediatez, sensibilidad respecto al cuerpo

El cuerpo no surge como reacción a los fenómenos externos, sino a los pensamientos que el cerebro genera sobre estos. De hecho el cerebro no nace cargado del conocimiento del sí, pero si es dotado de las facultades para percibir la realidad y entrar en relación dinámica con ella, como ya hemos dicho, y cada experiencia  vivida genera un mensaje, procesado por el cerebro, que en el caso de referirse a la sensación de uno mismo, se denomina "propioceptivo''. Este sistema genera en cada cuerpo un proceso cognitivo que se externaliza como primer entorno habitado y el proceso habitativo del entorno se interioriza en cada cuerpo.

Así el cuerpo se genera en la manifestación de las capacidades que tiene el hombre de estar en la realidad -como resultado de una multiplicidad de estímulos-, y de habitarla, estableciendo su posición frente a todo aquello con lo que se relaciona. Permite al hombre dar sentido a los fenómenos que constituyen su vida, tejida con tramas de conexiones, cuya dinámica relacional es el resultado del hacer de su corporalidad. Es más, el cuerpo es la forma que tiene el ser humano de vivir estas relaciones.

Debemos a Gregory Bateson (1990 [1972], p.7) y a sus estudios sobre la Mente como fenómeno sistémico –“la Pauta que conecta”- unos de los primeros intentos de superar el dualismo cartesiano cuerpo-mente, generando relaciones entre los fenómenos y los procesos que analiza, estableciendo nuevas conexiones entre ellos.

También Humberto Maturana dice que el ser humano no se compone de esta dualidad, sino al contrario vive de su relación:

Somos en cuerpo y relación lo que pensamos que somos, lo que queremos ser, lo que no queremos ser, lo que lamentamos no haber sido y lo que nuestra cultura es, tanto como lo que llegamos a ser al transformarnos en la reflexión sobre nuestro ser y vivir (Maturana, 2008 [1991], p.202).

El cuerpo, entonces, es la forma que el ser humano adquiere con el vivir, medio de su conocer y de su entender, centro de inteligencia, de energía e información, a través del cual  puede reconocerse a sí mismo, y su existencia permanece gracias a la conservación de la vida a través del propio cuerpo, perdiendo, con la muerte, la forma de su corporeidad.

Todo lo que el hombre hace, de hecho, lo hace a partir de su corporalidad, como resultado de sus interacciones con “la realidad del ambiente humano” de la que habla Maldonado (1972, p.13), “la realidad concreta en la cual durante siglos hemos desplegado nuestros esfuerzos afanosos por vivir, convivir, sobrevivir”, a partir de su interioridad y en su relación con el mundo.

“Y es el propio cuerpo”, dice Josep Muntañola (2001, p.38) “a la vez social y físico, el único capaz de conseguir esta relación”. Porque el ser humano es un ente social, y su cuerpo es la forma de la relación que vive con los otros, en su habitar el mundo, un modo de interactuar en con su los demás, en el vivir en ellos.

Maldonado (1972, p.23) dice que “nuestra realidad ambiental […] es el resultado de lo que Vico habría definido como la capacidad de hacer”: el hacer es un hecho humano, que se origina en el cuerpo, y que encuentra en la arquitectura uno de sus modos de realización.

“El cuerpo de uno depende de cómo vive uno la relación con los otros y consigo mismo”, dice Maturana (2008 [1991], p.281). El cuerpo es la forma que surge de una experiencia siempre nueva, dentro de los grupos sociales.

Cohabitares. Donando sentido al espacio de las ecologías

El cuerpo y la arquitectura se desarrollan a la vez, generando un espacio “no existe sin cuerpos que lo definan”, para decirlo con Muntañola (1996, p.24). Que añade que “si el cuerpo y el lugar son equivalentes, el cuerpo no está ni dentro ni fuera del lugar sino que es, representativamente hablando, el lugar en sí mismo” (Muntañola, 1996, p.81): el cuerpo y la arquitectura formalizan el habitar en la relación social.

El cuerpo entra en un entorno diferente, a través de la arquitectura y al interactuar con ella la transforma, transforma a la vez su propia naturaleza, afectando la propia corporalidad.

“Hoy, la herramienta -instrumento que une al ser humano y la naturaleza- es cada vez más hecha propia por el ser humano, absorbida en/por su acción”, dice Toni Negri (2000, p.47). Las transformaciones del cuerpo adquieren la herramienta como nueva facultad, que contribuye a perfeccionar la esencia del hombre, ampliando sus capacidades de interacción con el mundo, estableciendo un nuevo tipo de naturaleza, un segundo entorno adaptado a las nuevas necesidades del ser humano.

“Y en esta distinción, en este mirar nuestro fluir reflexivo en el continuo presente de nuestro convivir humano, vemos que las circunstancias de nuestro vivir también se transforman, y lo hace de manera congruente con nuestra propia transformación individual”, dicen Maturana y Pörksen (2004, p.13).

La arquitectura participa de la definición de la identidad del ser humano: es la resultante de los procesos de generación individual y social, resultado de las experiencias vividas y compartidas y, como el cuerpo, es un medio para exteriorizar el proceso cognitivo, expresión de su habitar, de su interacción con los otros seres humano, no solo en términos de espacio, sino también de tiempo, siendo la arquitectura el medio con el que el cuerpo permanece en la realidad, más allá de su muerte.

“[…] nos hemos trasladados, a sabienda o no, del ser al estar. Porque el estar a diferencia del ser, se somete a categorías y parámetros que nos son conocidos: tales el espacio y el tiempo”, según dice Juan Arnau (2000, p.71).

La arquitectura establece los límites para configurar un mundo que es ilimitado e indeterminado, volviéndolo habitable, y empieza a existir cuando delimita su espacio. Dice Serres (1995, p.39), “¿Qué es la vida? No lo sé. ¿Dónde mora? Al inventar el lugar, los seres vivos responden a esta pregunta”.

Ricoeur (2003, p.13) describe el espacio construido como “una especie de mezcla entre lugares de vida, que envuelven al cuerpo viviente, y un espacio geométrico en tres dimensiones en el que todos los puntos pueden pertenecer a cualquier lugar”.

Ahí es donde asumimos, juntos con Deleuze y Guattari (1994 [1988], 239 y ss.), que no se puede establecer un límite entre lo natural y lo artificial, puesto que entre ellos ya no hay diferencias, sino hibridación, y que como matizaría Maldonado (1972, p.14) “el modo particular en el que la conciencia se apropia de la realidad ambiental, influye decisivamente en la conformación última de esta realidad”.

De este modo, no se establece una realidad externa fija, sino en constante transformación, debida a una artificialización completa del medio, entretejida a la vida del hombre hasta desaparecer, con la que lo artificial se convierte en natural, recuperando el sentido original de la etimología griega "physis", en cuanto "acción de hacer nacer”, en la que -una vez más- se considera el proceso que la ha generado, por un lado como acceso a su conocimiento y por el otro como proyecto del mundo.

En ella no existe una delimitación clara entre lo que el hombre recibe desde el exterior –donde la acción del entorno somete a los organismos- y lo que genera en su interior –donde su misma estructura interna le permite reaccionar al entorno, a través de un mecanismo regulador, y adecuarse a ello-, sino a partir de la interacción entre ambos factores pueden modificar las características propias de los dos.

Deshabitares. En el tránsito desde lo artificial hacía lo virtual

La arquitectura está experimentando esta misma metamorfosis: está buscando una definición, que le permita relacionarse activamente con las variaciones de la realidad -caracterizada por cambios repentinos e imprevisibles-, a través de la generación de un tercer entorno, la virtualidad, continuación de los entornos corporal y social, en el que la herramienta se ha entretejido en la vida del hombre, hasta desaparecer.

Ahí el espacio ya no es delimitación, sino compenetración de cuerpo, arquitectura e información, cuyos límites y confines mutan y se desdibujan, y es el hombre mismo que organiza las informaciones recibidas, siendo éstas configuraciones potenciales y cambiantes, que generan una serie indefinida de operaciones posibles, en un espacio a construir, donde cada uno fija el sentido del recorrido que quiere cumplir: el ser humano tiene la posibilidad de transformarse a sí mismo, estableciendo además nuevas formas de interacción con los otros individuos y con sus entornos.

El Diccionario de la Real Academia Española (2001) indica la realidad virtual como “representación de escenas o imágenes de objetos, producida por un sistema informático, que da la sensación de su existencia real”, relegando a lo virtual una posición de contraposición a lo real, “aparente y no real”.

Sin embargo, en el entorno virtual los sentidos recogen las informaciones generadas digitalmente, y las transmiten al cerebro que las procesa como reales: esto es lo que ocurre, según lo que hemos dicho en las páginas anteriores, cuando el ser humano activa su propia realidad, proyectando al exterior lo que ocurre en su interior.

Quizás sea por esto que Manuel Castells (1995, p.405 y ss.) -y nosotros con él-, habla de “virtualidad real”, restableciendo la íntima relación con el pensamiento -hibridación entre materia e información-, en su doble condición de real y virtual.

El reconocimiento de las informaciones no depende de las cualidades o las cuantidades de éstas, sino de las capacidades interpretativas del ser humano, sujetas a las categorías de los modelos mentales, consecuencias de su historia y su cultura.

Sin embargo, tampoco podemos prescindir de las potencialidades que conlleva un espacio capaz de multiplicar las informaciones, en las relaciones sociales, porque “no sólo estamos ante nuevos medios que nos permiten lograr diversos fines, sino también ante un nuevo ámbito que define nuestra sociedad”, dice Echeverría (2001).  

El conocimiento y la información (“comunicación del conocimiento”) son elementos decisivos en el desarrollo de las sociedades, y como afirma Castells:

La generación de conocimientos y el procesamiento de información son fuentes de valor y poder en la era de información [...] dependen de la innovación y de la capacidad de difundirla mediante redes que inducen a sinergias mediante el intercambio de información y conocimientos. (Castells, 1995, p.237).

Los cambios de los que hablamos, sin embargo, no sólo se refieren a los ámbitos informacional y comunicacional, sino que se repercuten también en los otros dos entornos -el cuerpo y la arquitectura-, volviéndose su extensión y su continuación. En ellos lo virtual y lo real existen a la vez, y se modifican mutuamente: lo real tiende hacia lo virtual, como exteriorización del pensamiento humano, y lo virtual tiende a lo real, reproduciendo sus categorías mentales, como extensión de lo real: el ser humano es un ser virtual, sus acciones urden una red de significaciones y potencialidades, crean un hipermundo a n dimensiones, constituido por el mundo de cada uno.

Lo virtual ofrece otro(s) punto(s) de vista desde los cuales mirar la realidad, con ellos el hombre por fin puede llegar a ser otro -el otro-, todos los otros o ninguno de ellos, “como si el hombre en general se situase en la intersección de todas las culturas, entre todos los humanos”, dice Serres (1995, p.31).

Puede reconstruir la experiencia de su existencia modificando la forma en la que percibe y se relaciona con objetos y espacios: “Las actividades sociales se desarrollan cada vez más por medio de estas nuevas tecnologías”, dice Echeverría (2001).  

Dice Serres (1995, p.64) que “el desplazamiento modifica el espacio percibido” y lo virtual es también una nueva forma de movilidad, que favorece las comunicaciones y las relaciones al interior y al exterior, dando lugar a intercambios culturales y a pluralidades sociales, cambiando la percepción espacio-temporal de la realidad.

Lo virtual es un sistema a la vez cognitivo, interpretativo y comunicativo, donde personas, actividades, lugares, se relacionan a través del movimiento, que se caracteriza por su no-linealidad y por su discontinuidad y que posibilita la pertenencia simultánea de varios tipos de espacio, que permitan al hombre de orientarse en la cantidad de informaciones producidas, al servicio del hombre y capaces de entrar en interacción con él, para formar con él un sistema que pueda abrir nuevas perspectivas en un sistema dentro del cual los seres humanos interactúan con las informaciones que surgen de su activación y que a su vez modifican sus conocimiento y sus experiencias del habitar.

4. Apropriaciones

En esta recomposición de argumentos se quiere abrir una posibilidad de contaminación entre diferentes saberes, superando el concepto de arquitectura como tradición constructiva, ligada a sus técnicas y tecnologías -en el tránsito desde lo natural hacia lo artificial-, transformación de nuestra cultura, de nuestras formas de relación y de nuestra historia, para centrarnos en una arquitectura hacia un nuevo tránsito -desde lo artificial hacia lo virtual-, que pueda confrontarse con los cambios continuos e imprevisibles de la realidad, que refleje su condición procesual, y donde la arquitectura puede llegar a perder su fisicidad y su materialidad,  contribuyendo al desarrollo y a las transformaciones del habitar.

Estas serían las premisas de las transformaciones actuales, que requieren el rechazo de las disyunciones entre las distintas disciplinas, en la compleja trama de significados producidos, donde la arquitectura no se puede eximir de tomar su posición para responder a la satisfacción de los deseos y las necesidades del hombre, en el estar-en-el-mundo.

Referencias

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Inhabiting atmospheres: taking shape in the space of ecologies

Simona Pecoraio

Simona Pecoraio is Architect and Master in Architecture, researcher at the OUT_Arquías research group, of the History, Architectural Theory and Composition Department at the University of Seville, Spain, she investigates the impact of social changes in urban spaces and city as imaginary popular formation.

How to quote this text: Pecoraio, S., 2011. Inhabiting atmospheres: taking shape in the space of ecologies. Translated from Spanish by Martha Moazez Zonneveld. V!RUS, [online] June, 5. [online] Available at: <http://www.nomads.usp.br/virus/virus05/?sec=4&item=6&lang=en>. [Accessed: 22 November 2019].

Abstract

The intention of this essay is to do a capture of dwelling, establishing the need of placing ourselves in intermediate territories, that go beyond the immunity/community, interior/exterior and public/private dichotomies, to reorient the space issues towards the relation they have with the capacity of generating places and experiences, recovering a complex vision of dwelling that favors social interactions and sharing of its significant devices, in the space of ecologies.

Dwellings, co-dwellings and undwellings would define the different approaches to being-in-the-world, and are used in plural for the sake of opening a perspective that tries to enable the recognition of that which can not be perceived without such a plurality, favoring formulations that address references of the space of ecologies, trying to (being able to) learn, not in its physical configuration, nor in its environmental condition, but as a means of relating, as a possibility of interaction among realities, going beyond its physical connotations and crossing its political, social and cultural connotations.

All this might contribute to a critical discussion of discipline among keys of deployment and interpretation, in an understanding of architecture that goes beyond its most immediate senses (its products), and looks in other, more extended ones (its generativities).

Keywords: dwelling, shape, space, ecologies

1. Transitions

Michel Serres says that:

Now everything changes: science, its methods and its inventions, the way of transforming things; techniques, that is to say, work, its organization and the social link that presupposes or destroys; family and schools, offices and factories; the body and the city, nations and politics, dwelling and travel, borders, wealth and misery, the way to make children and to educate them, the way to wage war and to exterminate one another, violence, the law, death, spectacles (Serres, 1995, p.11).

And he adds that “among these transformations, there is another one [...] related to knowledge and the way of acquiring it” (Serres, 1995, p.13).

The current transformations (not so much in structural and productive terms, but of different specialties and temporalities) in the ways of life require an attention to references of space of ecologies, trying to (be able to) learn it, not in its physical configuration, nor in its environmental situation, but as a means of relating, as a possibility of interaction among realities, whose center is man – “individual, species and society” (Morin, 1999 [1977], p.22), that is to say, in its humanity – in a space capable of accompanying him in all aspects of his being-in-the-world.

In the succession of changes observed, the elements merge and the terms individual, social, technical, environmental fuse in an integrating vision of dwelling, highlighting its interactions and interdependencies, in the space of ecologies, where all the events are related, recognizing the current existential situation of man, that, as Henry Focillon (1983 [1943], p.60) says: “is not enclosed in an eternal definition, but rather is open to exchanges and influences. The groups it builds are due less to biological accidents than to the freedom of mature adaptation [...] to the constant work of culture [...]”. A culture that, as he adds later, “doesn’t stop thinking about itself and building itself” (Focillon, 1983 [1943], p.60).

“Contemporariness”, as defined by Giorgio Agamben (2006-2007) “is, then, a singular relationship with time itself, that adheres to it and, at the same time, distances itself”, and contemporary is “he who doesn’t agree perfectly with it nor adjusts to its claims and is therefore, in this sense, not current; but, precisely for this reason, through this remoteness and this anachronism, is more capable than others of perceiving and apprehending its time”, to quote just one of the definitions that this author gives about being contemporaneous.

Thinking of oneself as being in contemporaneity means, then, to assume the risk of its unpredictability, where it is only possible to have an approximate definition of dwelling, and not to determine its predefinition: the proposal is to consider variations instead of unique models and multiple approaches rather than unidirectional ones, considering that dwelling needs a continuous update, thus, architecture activates transformations, providing answers to unpredictable changes and to its possible development or developments.

2. Approaches

One definition of nature is one that considers it as the aggregate of everything that has not been altered by human beings or that persists despite its intervention, and this would in principle imply a distinction between that which is natural and that which is artificial, where artificial would be understood as a modification provided by human intervention.

But in this distinction two factors are not considered: the first consists in not considering man himself as part of the natural whole – that which is real – and in the interaction with it changes will be wrought that are reflected not only in its own structure and morphology but also in its interrelations; the second one consists in not considering knowledge as an act with which we build up the world in which we live – the reality – that is to say, not considering it as a process in which the observer and that which is observed are the same thing, where any modification in this relationship will have consequences in its components and will, therefore, modify the entire system. “Our reality is but our idea of reality”, says Morin (2001, p.83).

However, it is true that man develops in an environment that we might call natural, and that we might, in principle, consider that the physical medium provides the stimuli to which every organism reacts according to its genetic characteristics, and that, at the same time, the physical structures of organisms adapt to the environment, in a complex system of feedback between biological development and environmental changes.

And the fact is that biology can’t be explained just by genetics, nor can culture be explained just by the environmental context: the idea of the organism-environment interaction in the adaptation process also refers to the interaction between thought and culture.

“It would be ridiculous”, as Bruno Latour (2003, p.33) qualifies, “to try to keep a genetic interpretation of human behavior as far as possible from a moral, symbolic or phenomenological one.”

And this is what Maturana and Pörksen explain:

The notion of the biological matrix of human existence, therefore, does not refer to something that is supposedly really transcendental, but to the understanding of the operational weft in which human existence occurs in the form of living and living together, that results in an understanding of living and in the emergence of an understanding of the operational coherences of human living that generate the cosmos as an operational explicational environment of human living (Maturana and Pörksen, 2004, p.14).

Being-in-the-world as a search of definitions that let us understand the variations of reality – characterized by sudden and unpredictable changes – where space is not a delimitation but a relationship, where man has the possibility of transforming himself, establishing in the process new ways of interacting with other individual and with the space of ecologies, because “making our environment and making ourselves, constitutes [...] a unique process,” as Tomás Maldonado (1972, p.14) notes.

When man recognizes himself as the subject of knowledge, that “arises in and through the reflexive movement of thought about thought”, as Edgar Morin (1999 [1977], p. 32) says, he doesn’t represent the reality he perceives, but rather takes part in a process of construction of subjectivities – a process that is open and in continuous modification – that merges in the interaction with the environment and articulates itself in the recognition of the “other” as the subject that allows recognition of the “I” (Morin, 1980, p.32).

At the same time that the mind adapts to the environment, generating thoughts that exist in space and time, becoming networks that maintain a balance between that which is learned – from the outside – and that which is understood – in the inside – the environment, in turn, learns and adapts providing variations to which thought must adjust itself (the ecological crisis is, in the final analysis, a reaction of the environment to human action).

That is to say that the environment does not stay constant, rather, it has the capacity of assuming changes, where the same interaction between the object and the context determines and modifies both forms, since not only does the environment affect organisms, but it also receives input from them, in a process that makes it possible to recontextualize the object when changing the actions of external forces, and of the environment once the organisms have reacted to this change, modifying it in turn.

Its meaning can be delimited by the environment in which it is generated, but the environment in itself is unlimited, “in a physical universe that we know through our perceptions and our representations”, to quote Morin (1980 [1977], p.117).

3. Incorporations

Peter Sloterdijk (2006, p.383) says that:

If I would have to explain very briefly what changes the twentieth century has caused in the human being-in-the-world, the information would say: architecture, aesthetics, juridically existence as residence; or, more simply: it has made dwelling explicit (Sloterdijk, 2006, p.383).

After carrying out this capture of dwelling, recognized as a way of being-in-the-world, the need is clear to place ourselves in the intermediate areas, that go beyond the dichotomies immunity/community, interior/exterior, to reorient the spacial issues towards the relationship they have with the capacity of generating places and experiences, recovering a complex vision of dwelling that favors social interactions and sharing of its devices of significance, in the space of ecologies.

This is a subject that not only needs a formulation from one point of view and with theoretical purposes, rather, it lets us achieve the conditions required to get a definition of space and ecologies, and finally have the adequate means and tools to be part of it and inhabit it.

On the basis of these considerations and from the perspective that the study of dwelling contributes to the (re)definitions of current architecture, it becomes necessary to understand it within the space of ecologies, understanding it as a network of relationships, as a display of a series of different systems that are interconnected through the diverse factors that make it up, where reality is generated on the basis of multiple and diverse interactions among integrated phenomena in a spacial dimension, and assuming, also, a temporal dimension, as a representation of a process of transformation, that is to say, its composition and organization in time.

Therefore, the set of systems that make it up should be specified, considering that space and the ecologies can not be adequately studied isolated from the “physical” medium and the “historical” time in which it is generated and to which our considerations apply. This criterion is based on an ecological approach to dwelling, establishing a dynamic relationship between man and the environment, in which, on the one hand, man adapts constantly and actively, evolving himself and modifying his environment; and on the other hand, the environment determines variables that not only cause changes in the environment, but that, through the adaptation of man to such an indefinite number of situations, makes it possible to describe and reorder it.

Dwellings. Firstness, immediateness, sensibility with respect to the body

The body does not appear as a reaction to external phenomena, but rather to thoughts that the brain generates on its basis. In fact, the brain isn’t born with the knowledge of itself, but it is provided with the faculties to perceive reality and to enter in a dynamic relationship with it, as we have already said, and every experience we go through generates a message, processed by the brain, that, in case it refers to a self-perception, is called “selfceptive”. This system generates, in each body, a cognitive process that is externalized as the first inhabited environment and the habitational process of the environment is internalized in every body.

Thus, the body is generated in the manifestation of the capabilities that man has of being in this reality – as a result of a multiplicity of stimuli – and of inhabiting it, establishing his position against everything with which he relates. It lets man give a meaning to phenomena that make up his life, interwoven with wefts of connections, whose relational dynamics is the result of making his corporality. What is more, the body is man’s way of experiencing these relationships.

To Gregory Bateson (1990, p.7) and his studies on the mind as a systemic phenomenon – “the pattern that connects” – we owe one of the first attempts of overcoming the Cartesian body-mind dualism, generating relationship between phenomena and the processes it analyzes, establishing new connections among them.

Humberto Maturana also says that man is not made up of this duality, but on the contrary, experiences its relationship:

We are, in body and in relationship, what we think we are, what we want to be, what we do not want to be, what we regret not having been and what our culture is, as well as what we get to be when we become the reflection of our being and living (Maturana, 2008 [1991], p.202).

The body, then, is the shape the human being acquires by living, the means for him to know and to understand, center of intelligence, energy and information, through which he can know himself, and his existence remains thanks to the conservation of life through the own body, losing, with death, the form of his bodiness.

Everything man does, in fact, he does it on the basis of his bodiness, as a result of his interactions with “the reality of the human environment” of which Maldonado (1972, p.13) talks, “the concrete reality in which, for centuries, we have displayed our painstaking efforts to live, live together, survive”, on the basis of his interiority and his relationship with the world.

“And it is the body itself,” says Josep Muntañola (2001, p.38) “both social and physical, the only one who is capable of achieving this relationship.” For man is a social entity, and his body is the shape of a relation that he lives with others, in his dwelling in the world, a way of interacting with others, of living in them.

Maldonado (1972, p.23) says that “our environmental situation […] is the result of what Vico would have defined as the capacity to do”: doing is a human fact that originates in the body and that finds, in architecture, one of its modes of realization.

“One’s body depends on how one lives in relation to others and to oneself”, says Maturana (2008 [1991], p.281). The body is the shape that results from a simple new experience, within social groups.

Co-dwellings. Donating sense to the space of ecologies

The body and architecture develop together, generating a space that “doesn’t exist without bodies that define it”, to quote Muntañola (1996, p.24). Who adds that “if the body and the place are equivalent, the body is neither within nor outside of the place, rather, speaking representatively, it is the place itself” (Muntañola, 1996, p.81): the body and architecture formalize dwelling in the social relationship.

The body gets into a different environment, through architecture and by interacting with it it transforms it, and it transforms, at the same time, its own nature, affecting its own corporality.

“Today, the tool – the instrument that unites the human being and nature – is more and more made by the human being itself, absorbed in/by its action, says Toni Negri (2000, p.47). The transformations of the body acquire the tool as a new faculty, that contributes to perfecting the essence of man, increasing his capacities of interacting with the world, establishing a new type of nature, a second environment adapted to the new needs of man.

“And in this distinction, in this looking, our reflexive flow in the continuous present of our human coexistence, we see that the circumstances of our living transform as well, and it does so congruently to our own individual transformation,” say Maturana and Pörksen (2004, p.13).

Architecture participates in the definition of man’s identity: it is the result of the processes of individual and social generation, result of the experiences lived and shared and, like the body, it is a means to externalize the cognitive process, expression of its dwelling, of its interaction with the other human beings, not only in terms of space, but also of time, architecture being the means with which the body stays within reality, beyond its death.

“[…] we have moved, knowingly or not, from being to staying. For, staying, unlike being, is subject to categories and parameters that are known to us: such as space and time,” says Juan Arnau (2000, p.71).

Architecture establishes limits to configure a world that is unlimited and undetermined, making it habitable, and starting to exist when it delimits its space. Serres (1995, p.39) says “What is life? I don’t know. Where does it dwell? By inventing the place, living beings answer that question.”

Ricoeur (2003, p.13) describes the constructed space as “a type of mixture of living places, that envelops the living body, and a geometrical three-dimensional space in which all points can belong to any place.”

Thus we assume, in agreement with Deleuze and Guattari (1994 [1988], 239 and ff.), that it is not possible to establish a boundary between that which is natural and that which is artificial, for between them there are no longer any differences, rather a hybridization, and, as Maldonado (1972, p.14) would qualify, “the particular mode in which conscience appropriates the environmental reality, has a decisive influence on the ultimate conformation of this reality.”

Thus, an external reality is not established in a fixed way, but rather in constant transformation, due to a complete artificialization of the environment, intertwined with the life of man until he disappears, making the artificial become natural, recovering the original meaning of the Greek etymology “physis”, as “action of giving birth,” in which – once again – the process that generated it is considered, on the one hand as an access to its knowledge and on the other as a world project.

In it there is no clear delimitation between what man receives from the outside – where the environment’s action subjects organisms – and that which is generated within – where the internal structure itself lets him react to the environment, through a regulatory mechanism, and adapt to it – but on the basis of the interaction between both factors it can modify the characteristics of both.

Undwellings. Transition from the artificial to the virtual

Architecture is experimenting this same metamorphosis: it is looking for a definition that lets it actively relate to the variations of reality – characterized by sudden and unpredictable changes – through the generation of a third environment, virtuality, a continuation of corporeal and social environments, in which the tool has been intertwined into the life of man, until it disappears.

Here, space is no longer a delimiter, rather, it is a rapport of body, architecture and information, whose limits and confines mutate and get blurred, and it is man himself who organized the information received, where these configurations are potential and changing, and generate an indefinite series of possible operations, in a space to construct, where each one sets the sense of the route he wants to fulfill: man has the possibility of transforming himself, establishing in the process new ways of interacting with other individuals and with his environments.

The Dictionary of the Spanish Royal Academy (2001) defines virtual reality as “representation of scenes or images of objects, produced by a computer system, that gives the feeling of a real existence”, relegating virtual to a position that contrasts with that which is real, “apparent and not real.”

However, in the virtual environment, our senses receive information generated digitally, and transmit it to the brain that processes them as real: this is what happens, as we have said on the previous pages, when man activates his own reality, projecting to the outside what happens in the inside.

Perhaps it is for this reason that Manuel Castells (1995, p.405 and ff.) – and we with him – talks about “real virtuality”, re-establishing the intimate relationship with thought – hybridization between matter and information – in its double condition of real and virtual.

Recognition of information doesn’t depend on the qualities or quantities of them, but on the interpretative capacities of man, subject to the categories of mental models, consequences of his history and culture.

However, we can neither dispense with the potentialities implied by a space capable of multiplying information, in social relationships, for “we are not only confronted with new media that let us achieve diverse objectives, but also with a new environment defined by our society,” according to Echeverría (2001).

Knowledge and information (“communication of knowledge”) are decisive elements in the development of societies and, as Castells states:

The generation of knowledge and the processing of information are sources of value and power in the information era […] they depend on innovation and the capacity of broadcasting it through networks that induce synergies through the exchange of information and knowledge (Castells, 1995, p.237).

The changes we are talking about, however, not only refer to the informational and communicational environments, rather, they also have repercussions in the other two environments – the body and architecture – and they become their extension and continuation. In them, that which is virtual and that which is real exist at the same time, and they modify each other: that which is real tends towards the virtual, as an externalization of human thought, and that which is virtual tends towards the real, reproducing its mental categories, as an extension of that which is real: man is a virtual being, his actions weave a network of meanings and potentialities, create an n-dimensional hyperworld, made up of the world of each one.

That which is virtual offers another point of view / other points of view from which we can observe reality, with them, man can finally become someone else – the other one – all the other ones or none of them, “as if man in general would place himself in the intersection of all cultures, among all humans,”, says Serres (1995, p.31).

He can reconstruct the experience of his existence modifying the shape in which he perceives and relates with objects and spaces: “Social activities are developed more and more through these new technologies,”, says Echeverría (2001).

Serres (1995, p.64) says that “the displacement modifies the perceived space,” and that which is virtual is also a new kind of mobility, that favors communications and relations towards the inside and outside, leading to cultural exchanges and social pluralities, changing the space-time perception of reality.

That which is virtual is a system that is, at the same time, cognitive, interpretative and communicative, where people, activities, places, are connected through movement, that is characterized by its non-linearity and its discontinuity and that enables the simultaneous membership of various types of spaces, that let man orient himself toward the amount of information produced, at the service of man and capable of interacting with him, to make up, with him, a system that can open new perspectives in a system within which human beings interact with information that arises from its activation and that, in turn, modifies his knowledge and his experiences of dwelling.

4. Appropriations

In this recomposition of arguments we want to open up the possibility of a contamination among different knowledges, overcoming the concept of architecture as a constructive tradition, connected with its techniques and technologies – in transition from the natural to the artificial – transformation of our culture, of our ways of relating and of our history, to concentrate on an architecture that goes towards a new transit – from the artificial to the virtual – that can be confronted with the continuous and unpredictable changes of reality, that reflects its processual condition, and where architecture can lose its physicality and its materiality, contributing to the development and the transformations of dwelling.

These would be the premises of current transformation, that require rejection of disjunctions among the different disciplines, in the complex weft of meanings produced, where architecture can’t be exempt from assuming its position to respond to the satisfaction of desires and needs of man, in the being-in-the-world.

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